- Hemos llegado.
- Gracias.
El pasajero del moderno jet privado se dirigió hacia la puerta con su maletín. La auxiliar de vuelo lo despidió con una simpática sonrisa. Tras bajar los peldaños de la escalerilla, apresuró el paso para encontrarse con la Guardia del Vaticano.
- Tengo una audiencia con Su Santidad.
Comprobaron sus credenciales y le permitieron el paso.
Tras unos minutos de conversación, el visitante obtuvo el documento que necesitaba, una bula papal extendida especialmente para la ocasión.
Volvió a subir al jet, que lo llevó a su nuevo destino, en Ginebra. Allí se entrevistó con el director de una entidad bancaria y, tras mostrarle la bula papal, procedió a abrir una caja de seguridad donde un documento electrónico con sistema de confirmación incorporado certificaba su propia autenticidad.
La siguiente parada fue en el Centro de Cálculo de la Agencia Espacial Europea, donde descifraron las fórmulas residentes en el documento secreto y obtuvieron un sistema de doble clave de un sólo uso con un cifrado que sólo en un sitio podían interpretar: el Centro Europeo de Investigación Nuclear.
Una vez allí y tras aplicar unos algoritmos fractales de gran complejidad, el acelerador de partículas se puso en marcha para crear la materia solicitada. Tras unos minutos de interminable espera, el acelerador había generado lo que en la fórmula figuraba. Nuestro viajero protagonista tomó en un contenedor de alta seguridad el resultado de la prueba, lo encadenó a su muñeca y procedió a abandonar el lugar.
El jet aterrizó en un espacio reservado para ello, mientras un furgón blindado con 4 motoristas de escolta aguardaba con el motor encendido. El hombre del contenedor de seguridad fue acompañado por dos guardias armados al interior del furgón.
Tras un viaje por rutas alternativas, llegó a su destino. Entró por la puerta de servicio, se desencadenó del contenedor, e introdujo una clave secreta para abrirlo. Extrajo su contenido y se cambió de traje, sin olvidar su gorra de visera.
Caminó con paso decidido hacia un mostrador ante el que se agolpaban las multitudes y se dirigió a una de las personas que allí se encontraban:
- Tenga, su hamburguesa con queso y cebolla.
- Gracias.
El cliente tomó la bandeja con su pedido, por fin completo, y buscó con la mirada una mesa libre mientras le decía a su acompañante:
- Me pregunto por qué demonios los llamarán restaurantes de comida rápida.
- Es que también tú pides unas cosas que...
Desde el otro lado del mostrador, el chico que los atendió sonreía con la satisfacción del deber cumplido.