Ríos de electrones han hallado su camino al pozo cuántico del que jamás retornarán para ilustrar el archiconocido y temido efecto que titula este artículo.
Hace poco, vi un anuncio en la televisión (ocurre de cuando en vez, por más que me propongo encerrar al aparato en una caja) en el que se instaba a empresas y usuarios a comprobar si sus sistemas informáticos estaban preparados para la amenaza. Una campaña institucional, 6 meses antes de que llegue el año A. Tal vez es que veo poco la televisión (menos mal), pero me parece una advertencia un poco tardía.
De todas maneras, Pepix Labs, Departamento de Surrealismo Postapocalíptico, Sección de Planificación de Cataclismos, ha elaborado un bonito informe cuyas conclusiones se exponen aquí.
Para empezar, ¿en qué consiste el efecto 2000? Hace 30 años o más la memoria costaba un dineral, por lo que se almacenaban sólo los 2 últimos dígitos del año. Total, los 2 primeros no iban a cambiar mientras el programa estuviera vigente. Ese fue el fallo. Es como si alguien quisiera ahorrar ahora y escribiera Y2K en vez de año 2000.
Pero todo el mundo se ha concentrado en tratar el problema y explicarlo. A nadie (que yo sepa) se le ha ocurrido mirar el hecho puro y simple, con el desapego que caracteriza una visión clara, y comprender las profundas enseñanzas que encierra. Se ha tratado de corregir lo evidente, pero seguimos cayendo en el mismo error día tras día, en todos los órdenes de la vida.
Sí, la enseñanza está clara. Por un lado, muchos critican ahora lo que parece un error de bulto, cuando se trató del difícil compromiso de satisfacer las necesidades de aquel entonces teniendo en cuenta las condiciones reales de los sistemas con los que se trabajaba. Considera lo que pueden representar esos 2 caracteres, en apariencia insignificantes, cuando los repetimos 10 veces en cada ficha, y tenemos millones de fichas. Decenas de millones de pares de caracteres, que traducidos al coste de la época era mucho dinero en discos y cintas. Visto así, parece justificable.
Por otro lado, el hecho de que durante décadas nadie haya reparado en arreglar este problema responde a 3 (al menos) razones: que el ser humano es demasiado vago para reparar cosas que no están a punto de romperse; que en todo momento se pensaba que tales programas y los datos que manejan no iban a durar tanto tiempo; y que los especialistas han sabido desde siempre que una tarea de tales características hace que se acabe incurriendo en errores y que puede ser peor el remedio que la enfermedad. De nuevo, encontramos justificación para algo que parecía injustificable.
Finalmente, vemos que el año 2000 se acerca, y con él la muerte intelectual de muchos programas. Si todo lo anterior era justificable, ¿cuál es el problema? La valoración de la vigencia de una idea. Con frecuencia oimos que todo es efímero. Pero no es correcto. Todo está en constante cambio, que no es lo mismo. Una flor se marchita y su aroma se pierde. Pero tal vez su polen haya hecho germinar frutos a mucha distancia. Incluso sus hojas, arrugadas y muertas, pueden ser el alimento de nuevas plantas. La vida sigue, la materia se recicla, la energía se renueva.
Los puntos de vista que nos han llevado al efecto 2000 parecen justificables, como también la necesidad de corregirlos. Pero apenas somos conscientes del efecto de lo efímero. En nuestra mente vemos el período de vigencia de muchas cosas mucho más limitado de lo que realmente es. Por eso a veces tomamos decisiones que luego envejecen antes que sus consecuencias. Una palabra, un gesto, una acción... y luego no queremos reconocer nuestro error hasta que llega el año 2000, o quizá más tarde aún...
Nos empeñamos en reparar el efecto 2000 de los ordenadores, pero ¿quién se preocupa de arreglar el de nuestras mentes?
Y colorín colorado, este artículo se ha acabado. Venga, cierra los ojitos y duerme. Que tengas dulces sueños.